«Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple e imágenes que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana, para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto lo escuchaban encantados y apreciaban su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada»[1]. En un Angelus dominical de hace algunos años, el papa Francisco hizo un comentario a la parábola del sembrador con esta reflexión acerca del lenguaje de Jesús: un lenguaje simple, que llega directamente al corazón; lo opuesto, dice el Papa, al lenguaje complicado de una teología rígida que aleja a la gente del misterio del Reino.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el que me acerca directamente al amor de Jesús es del buen espíritu; y el que me aleja del amor de Jesús es del malo. Pero ¿qué sucede con el lenguaje de algunos medios, que también apunta directamente al corazón, pero no para sembrar la semilla buena del trigo sino para sembrar la semilla venenosa de la cizaña?

Cada tanto surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa —es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia—. El lenguaje que usan no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina son bien claros y directos. Pero un lenguaje simplista no es un lenguaje simple, aunque se parezcan, como la cizaña se parece al trigo. El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: si hay cizaña, quien la sembró es un enemigo (cfr. Mt 13, 28). Y no hay que intentar arrancarla toda antes de tiempo, porque se corre el riesgo de arrancar también algo de trigo. Pero sí es bueno, cuando se ve que el exceso de maleza sofoca al trigo, cortar algunos yuyos para dar aire a las plantas. En una discusión, cuando el tono se alza demasiado y las palabras pasan a ser hirientes, si se quiere seguir dialogando hay que bajar el tono y «cuidar el lenguaje».

Algunos justifican el lenguaje escandaloso diciendo que cuentan «hechos escandalosos». Si se tratara solo de hechos serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo. Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo. Por ello, parafraseando algunos comentarios, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al «esplendor de la verdad».

Cuidar entre todos el lenguaje que usamos es tan vital como cuidar el aire del planeta. Y el sentido del lenguaje no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad.

El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien y denunciando el mal uso. Pero toca a cada persona la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común. Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje aparentemente liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen venenosa, hasta el lenguaje aparentemente serio que, utilizando conceptos teológicos —como el demonio usaba la Biblia para tentar al Señor en el desierto—, intenta confundir y torcer la verdad encarnada que es Cristo. Con estos discursos «tramposos» los fariseos y doctores de la ley buscaban «tentar al Señor para encontrar una fisura en su coherencia que posibilite concebir la piedad como un trueque; y entonces se trampea la fe por la seguridad, la esperanza por la posesión, el amor por el egoísmo»[2].

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Nos ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje con algunos criterios de Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio así lo explica: «Otro deseo sentí en la misa, es a saber, de que todo el bien que yo hubiese de hacer, o pensar, u ordenar, etc., fuese por medio del buen espíritu y no por medio del malo. De allí vine a pensar cómo nuestro Señor no debe de tener por bien de reformar algunas cosas de la Iglesia según el modo de los herejes[3]; porque ellos, aunque muchas cosas, así como también los demonios, dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad, que es el Espíritu Santo»[4].

Pedro Fabro hace ver que no basta con decir cosas verdaderas sino que se deben decir con aquel espíritu de la verdad que es el Espíritu Santo. Esto si de verdad se quiere que ayuden a corregir en la práctica un error o un mal comportamiento.

Distingue Fabro, en la práctica, tres «verdades»: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad está situado ese «espíritu de verdad» o «buen espíritu» que permite que se vinculen los hechos de la vida —también el pecado— con la Gracia, que todo lo ordena para bien.

Es bueno incorporar este discernimiento de manera tal que sea lo primero que uno mira cuando se trata de juzgar si algo es verdad o mentira. En un discurso se debe medir y sopesar la capacidad que tiene, en su conjunto y en cada una de sus palabras, frases y modos, para ser usada para bien por el Espíritu. Y, como contracara, se debe medir y sopesar la capacidad que tiene un discurso, en su conjunto o en alguna de sus partes, para bloquear la acción del buen espíritu o para potenciar el malo.

Un maestro espiritual, cuando un discípulo le contaba algo que le había pasado y, para calificar a otra persona, utilizaba una palabra insultante —por ejemplo: «es un tal por cual»—, preguntaba al discípulo sonriendo: «Y esa palabra ¿dónde se encuentra en la Escritura?». Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5,22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que «estaba tentado» por el mal espíritu. En una palabra destemplada se puede discernir el mal espíritu que anima toda una argumentación, que utiliza hechos objetivos y razonamientos innegables… para alimentar el enojo con un hermano.

La cuestión está en conectar una verdad dicha con buen espíritu con la posibilidad que contiene de ser usada por el Espíritu Santo para hacer un bien o corregir un mal. O, dicho de manera negativa, conectar algo dicho con mal espíritu —sea una mentira o una verdad— con la imposibilidad de que el Espíritu Santo la use para hacer bien a alguien o corregir eficazmente un mal.

También se puede considerar —y resulta muy clarificador— el camino que va de la realidad al discurso. Cuando uno nota —como le sucede a tanta gente que escucha el lenguaje simple de Francisco—, que dentro de sí nace una atracción al bien o se visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida es señal clara de que el discurso que suscitó tales sentimientos es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje —aun con sus límites— y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo o ver algún programa de televisión, que en nosotros se bloquea el deseo de hacer algún bien, que nuestra mente se oscurece y se nos instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo, de esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto. Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan, así hay discursos que no se pueden desmontar porque solo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro. Hay un lenguaje que envenena el alma. En estos casos, lo que hay que hacer es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña —la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio— en realidad es algo que puede originar un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

El espíritu con que uno dice cosas verdaderas influye también en su modo de verlas. Hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal; lleva, por tanto, a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

En definitiva, la verdad no consiste solo en «hechos» o en «definiciones abstractas»; la verdad incluye, como parte esencial, el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que puedan atraer con su esplendor y hacer bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Las trampas del «menos»

San Pedro Fabro nos proporciona un segundo criterio para discernir el modo de hablar según el Espíritu de la verdad. Fabro le pide al Señor que le enseñe a hablar bien —bajo el influjo del Espíritu Santo— de las cosas de Dios y discierne algo que tiene que ver con un «menos». Siente que hay algo en su lenguaje que, si no está atento, puede depotenciar la gracia que ha recibido, en el momento en el que comunica esta experiencia a otro. Fabro dice así: «Otro deseo había tenido antes, es a saber, que nuestro Señor me diese gracia de saberme haber acerca de hablar las cosas, que yo he sentido con algún buen espíritu para mí o para otros; porque muchas cosas suelo hablar o escribir o hacer, sin buscar el espíritu con el cual yo antes había sentido aquellas cosas: quiero decir, por ejemplo, que alguna vez hablo alguna cosa con cierto espíritu alegre y familiar, con regocijo exterior, la cual yo había sentido con espíritu de compunción, con algunas lágrimas espirituales; de donde aprovecha menos al que oye, porque no la digo con tan buen espíritu como aquel con que la había recibido»[5].

Fabro describe esta experiencia de una gracia recibida que, cuando la comunica, produce un fruto menor. Lo atribuye a que la expresó con un espíritu menos bueno de aquel con que la recibió. Y ese menor grado de bondad lo nota en lo que podemos llamar un «cambio de tono»: expresó de modo gracioso lo que primero le había provocado compasión.

Podemos aplicar este criterio a todos esos discursos en los que, a alguien —o a alguna cosa— que es más se le roba algo para que sea —o parezca— menos de lo que es. Se trata de esos lenguajes en los que se nota un cambio de tono o de registro que «disminuye» al otro —lo descalifica, lo denigra…— o en los que se tratan cosas importantes, incluso sagradas, de manera simplista o reductiva.

San Ignacio expresa este tipo de tentación con una regla de discernimiento que muestra cómo el mal espíritu no siempre busca el mal mayor. A veces se conforma con algo «distractivo, o menos bueno que lo que uno tenía propuesto hacer, o tira abajo el ánimo, o inquieta o turba, quitando la paz, la tranquilidad y la alegría que uno tenía antes»[6]. Todos estos «menos» son señal de mal espíritu. Más aún, este «mal menor» es a veces buscado de manera decidida por el que ve que, si apuntara a un mal mayor, no tendría éxito. Esto es bastante común en muchos discursos acerca del Papa y sobre la Iglesia, y es la manera más fácil de que mucha gente «se trague» estas medias verdades inadvertidamente.

Para discernir bien este lenguaje que apunta a un mal menor —pero efectivo, porque logra «entrarnos» en el corazón—, hay que reconocer primero la disminución de un bien y conectarla luego con algún «ruido de fondo» producto del tono del discurso que leemos o escuchamos. Un ejemplo: si uno mira las encuestas, el índice de popularidad del papa Francisco, después de cuatro años de pontificado, se mantenía «muy alto»[7] en todo el mundo. Incluso en su país su imagen positiva es muy grande[8]. Sin embargo, si uno lee algunos medios italianos la expresión «la gente está enojada con el Papa» se presenta como obvia y muy real. Si uno se guía por las encuestas, en el corazón de los argentinos no ha disminuido el amor al papa Francisco, pero se ha difundido un modo de pensar que alguien expresó así: «del Papa mejor no hablar mucho ahora, porque sería para discutir». Este es el engaño del «menos».

Esta tentación se la puede reconocer en algunos discursos que se refieren al modo de hacer política de Francisco. Recordemos que el Papa siempre intenta «rehabilitar la política» como la forma más alta de la caridad que busca el bien común[9]. En este sentido, el Papa afirma que todo es política, incluso una homilía. Todo lo que se dice en la «polis», lo que hace al bien común, tiene significado político. ¿A quién puede interesarle «disminuir» al que enaltece la alta política del bien común? Solo a aquellos poderes, cualitativamente menores, que se mueven por «encima de» la política, en vez de ponerse a su servicio, es decir, los poderes del dinero, de las armas, de la tecnocracia.

Al mismo tiempo, a nivel práctico, es un hecho internacionalmente reconocido que el papa Francisco ha logrado convertirse en un punto de referencia y hacer de puente en muchas tentativas de diálogo entre países en conflicto. ¿Quién puede estar interesado en desacreditar a un tal árbitro en los conflictos? Solo al que tiene algo que «ganar» con otras soluciones que no son las del diálogo y el consenso democrático.

Recordar y explicitar la jerarquía de los bienes y valores es lo que permite discernir cuando alguien propone un bien o valor menor y notar esos detalles disonantes en los que el mal espíritu siempre muestra la hilacha. Los discursos que apuntan a robar algo del bien, con sus fotos y razonamientos tomados de otros contextos —por ejemplo, cuando se usa un concepto psicológico para hablar de cuestiones políticas— deslumbran por un momento, pero a poco que se echan a andar se ve que oscurecen la cuestión de fondo.

Hace poco, un artículo que quería hacer pasar por obvia la imagen de un Papa muy popular a nivel internacional, pero con métodos de gobierno ineficaces, quiso «crear» la imagen de un Papa que ya no come en el centro del comedor de Santa Marta sino en un ángulo, solo con pocos y selectos comensales y dando la espalda al resto de la sala. Usamos aquí el verbo «crear» porque, aunque alguien hubiera tomado una foto así, ese fotograma individual, aislado del contexto, no es verdadero. La historia real de más de 1 500 almuerzos de Francisco nos muestra a un Papa que eligió compartir siempre su vida y su mesa con la gente, y que, si al comienzo se sentaba más en el centro, cuando vio que, al entrar en el comedor, la gente se paraba y no sabía bien qué hacer, buscó un lugar más discreto para no molestar, permaneciendo siempre en el mismo salón común. Esto es así desde hace años. Ninguna novedad, por tanto. Sí, en cambio, en alguno, un espíritu desagradablemente venenoso, que recurriendo a imágenes engañosas termina produciendo una caricatura falsa y encima poco lograda, del Papa, en el intento de «disminuir» su imagen.

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Diego Fares, SJ
Miembro del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica.
Doctor en Filosofía y licenciado en Teología.

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[1] Francisco, Angelus, 16 de julio de 2017.
[2] J.M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, Basauri, Mensajero, 2014, p. 181.
[3] Herético viene de airesis y significa división, separación. Herético es el que tiene espíritu partidista, como decimos hoy. Es aquel cuyo interés particular se sobrepone al interés por el bien común.
[4] P. Fabro, Memorial, Bilbao, Mensajero, 2014, n. 51.
[5] P. Fabro, Memorial, op. cit., n. 52
[6] I. de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 333.
[7] Cfr. «Entre popularidad y críticas, el Papa inicia su quinto año de pontificado» en Milenio (https://www.milenio.com/internacional/popularidad-criticas-papa-inicia-quinto-ano-pontificado), 12 de marzo 2017.
[8] En Argentina el Papa parece tener un 82% de imagen positiva. Cfr. «La popularidad del papa Francisco es muy grande en el país», en Infonews (www.infonews.com/nota/306774/la-popularidad-del- papa-francisco-es-muy-grande-en-el-país), 29 de marzo 2017.
[9] Cfr J.L. Narvaja, «El significado de la política internacional de Francisco», en La Civiltà Cattolica Iberoamericana, I, n. 8, septiembre de 2017.

 

Imagen e información de laciviltacattolica.es