Entre el 19 y el 21 de noviembre de 2020, el Papa Francisco invitó a los jóvenes economistas de todo el mundo a un encuentro para reflexionar sobre el modo de «cambiar la economía actual y darle alma a la economía del mañana»; llamó a un amplio discernimiento común a todos aquellos que iniciaban sus estudios y la práctica de una economía distinta de aquella denunciada en el primer capítulo de la encíclica Fratelli tutti, «una economía que da la vida y no mata, que incluye y no excluye, que humaniza y no deshumaniza, que cuida de lo creado y no lo depreda»[1]. El evento, llevado a cabo en modalidad online a causa del Covid-19, fue promovido por la diócesis y el ayuntamiento de Asís, por el Istituto Serafico di Assisi y por «Economia di comunione» (EdC).
¿Qué características debería tener una economía bien dispuesta a escuchar «el grito de la tierra y de los pobres»? Si queremos que «La economía de Francisco» no se vuelva un slogan vacío, los jóvenes economistas, creyentes o no, deberían afrontar con coraje los problemas que atañen a su disciplina. En las siguientes páginas recordaremos, ante todo, que la economía se basa necesariamente en cifras, y que cada cambio de paradigma económico requiere de una reapropiación, por parte de los jóvenes economistas, de estas cifras y de todos los datos a nuestra disposición. Luego mostraremos que algunos de los grandes principios apreciados por el Papa Francisco son además óptimos criterios para reformar la economía mundial. Finalmente, presentaremos el ejemplo concreto de una iniciativa que ilustra el espíritu de discernimiento al que el Papa nos invita. Las observaciones que siguen no pretenden sustituir este discernimiento colectivo, sino, al contrario, llamar la atención sobre algunos puntos fundamentales, necesarios para ayudarnos a todos nosotros en esta experiencia espiritual.
Pobreza y desigualdad
«La inequidad es raíz de los males sociales» (Evangelii gaudium [EG], n. 202). Es a partir de esta afirmación que debe comenzar toda reflexión sobre una economía diferente. «El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor». Si bien es cierto que el ingreso medio anual alcanza los 12.000 dólares por persona, «cientos de millones de personas aún están sumidas en la pobreza extrema y carecen de alimentos, vivienda, atención médica, escuelas, electricidad, agua potable y servicios de saneamiento adecuados e indispensables»[2].
Este tipo de consideraciones ha motivado discusiones acaloradas. En el Foro de Davos, por ejemplo, en enero de 2019, diversos participantes sostuvieron que el número de «pobres» había disminuido en las últimas décadas y concluían con un vibrante llamado a apoyar la globalización de los mercados: posición que el Papa Francisco rápidamente criticó. Parte del debate y de las animadas discusiones surge de la diversidad de criterios con que se mide la pobreza.
Incluso si restringiéramos la discusión a la pobreza monetaria – lo que implicaría limitarla bastante, puesto que esa no es la única dimensión de la existencia humana que debería ser tomada en cuenta -, el umbral de pobreza convencional (equivalente al poder adquisitivo de 1,90 dólares al día, en Estados Unidos, en 2011) es inaceptable: todos los parámetros demuestran que vivir con una media de dos dólares al día implica estar expuesto a malnutrición, a falta de educación y a una tasa de mortalidad muy alta. Muchos economistas sostienen que debe aumentarse el umbral hasta los 7,40 dólares al día[3]. Pero aunque así fuera, el número de personas que vive con menos de 7,40 dólares al día ha aumentado notablemente desde los años ochenta, hasta alcanzar hoy la cifra total de 4.200 millones de personas. Además, todos los datos que han registrado una mejora de tal situación son atribuibles a China y nada deben al «Washington Consensus»[4].
También está en curso un encendido debate sobre el tema de la desigualdad[5]. El índice de Gini, comprendido entre 0 y 1, mide la desigualdad de ingresos: mientras más alto es el índice, más desigual es la sociedad. Medida con respecto a este índice, la disparidad de ingreso en el mundo ha caído, según el Banco Mundial, del 0,63 en 1960 al 0,47 en 2013[6]. Pero este es un análisis que exige mucha cautela, debido a los diversos factores que se examinan. En efecto, tal reducción de la desigualdad entre las naciones es compatible con el aumento de la desigualdad al interior de casi todos los países. Y la explosión de las desigualdades al interior de cada país es un fenómeno muy bien documentado[7].
En segundo lugar, la mayor parte de esa mejora se debe a China y, en menor medida, a la India: si calculáramos el índice de Gini del Planeta excluyendo a China, notaríamos que se ha pasado desde 0,50 en 1980 a 0,58 en 2005.
En tercer lugar, el índice de Gini considerado hasta ahora es relativo. La percepción de las desigualdades por parte de los ciudadanos es más sensible a las desigualdades absolutas que a las diferencias relativas. Afortunadamente, existe también un índice de Gini que mide las diferencias absolutas de riqueza; pero el «Gini absoluto» del Planeta ha aumentado desde 0,57, registrado en 1988, al 0,72 en 2005, no obstante el progreso alcanzado por Beijing. En otras palabras, no estamos viviendo una convergencia que anuncia la llegada de una sociedad mundial más igualitaria, sino lo contrario.
Hemos mencionado estas polémicas absurdas para recordar que, con demasiada frecuencia, la reflexión económica es un monopolio de expertos que animan discusiones de las que la mayor parte de los ciudadanos se siente excluida. La pertinencia de las preguntas planteadas por el Papa nos permite comprender que la mayoría de las veces un «conocimiento» superficial nos aleja del sentido común. Este es un argumento particularmente delicado cuando se trata de construir e interpretar los datos con los que trabajan economistas y tomadores de decisiones. Basta pensar en su baja fiabilidad en los análisis que conciernen al continente africano[8]. Se requieren realmente grandes esfuerzos si queremos que la economía esté al servicio del bien común.
El Papa Francisco ha criticado la teoría del trickle-down, según la cual el aumento de la riqueza de pocos beneficiaría a todos. Esta teoría ha sido empíricamente invalidada, como acabamos de ver, y ni siquiera cuenta con bases analíticas[9]. Ella sostiene que aumentar la riqueza en la cúspide de la pirámide social favorece el ahorro y con ello la inversión, el crecimiento y la riqueza para todos. Todas estas implicancias son falsas, porque no es el ahorro el que financia la inversión, sino la creación de créditos por parte del sector bancario[10].
Es precisamente a este poder de creación monetaria que hacía referencia la encíclica de Pío XI Quadragesimo anno, de 1931, en la que se preveía la necesidad de regulación de este proceso. Una invitación que ha sido renovada recientemente también por parte del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral[11]. Actualmente, la mayor parte de los ahorros se invierte en los mercados financieros o en el sector inmobiliario, alimentando así dos burbujas especulativas que juegan un rol decisivo en la agudización de la desigualdad y aceleran de hecho la gentrificación[12] de las metrópolis.
En segundo lugar, el crecimiento del PIB no solo no implica la reducción de la pobreza, tampoco coincide necesariamente, al menos en los últimos treinta años, con la creación de nuevos puestos de trabajo. Hemos sido capaces de inventar el «crecimiento sin trabajo», o acompañado de trabajos tan precarios que incluso en Europa apareció una nueva categoría: la del empleado pobre que, a fin de mes, acude a los comedores sociales.
Las preguntas dirigidas por el Papa Francisco a la comunidad de economistas, financieros y empresarios, nos exigen una reflexión profunda en un momento en que la economía convencional está en crisis. Como ha escrito el Premio Nobel de Economía Paul Romer, en los últimos treinta años hemos asistido a una «regresión intelectual» en macroeconomía[13]. El ex Economista Jefe del Banco Mundial evoca «modelos postreales» para describir los instrumentos utilizados por la mayor parte de los economistas en las principales instituciones internacionales.
Por Gaël Giraud, SJ
Economista y jesuita francés. Director de Investigación del Centre National
de la Recherche Scientifique, en Francia, y del Programa de Justicia Ambiental
de la Universidad de Georgetown (Washington, D.C)
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[1] Francisco, «Videomensaje a los participantes en el encuentro “La economía de Francisco – Los jóvenes, un pacto, el futuro, 21 de noviembre de 2020, en http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2020/documents/papa-francesco_20201121_videomessaggio-economy-of-francesco.html
[2] ID., «Discurso a los participantes del taller “Nuevas formas de fraternidad en la solidaridad, la inclusión, la integración y la innovación”», Casina Pio IV, 5 de febrero de 2020, en vatican.va
[3] El economista Lant Pritchett asume un umbral de 10 dólares. Cfr L. Pritchett, «The World Bank Progresses on Poverty Lines», en www.cgdev.org/blog/world-bank-progresses-poverty-lines
[4] Por «Washington Consensus» se entiende las políticas económicas impuestas a los países deudores de las instituciones nacidas de los acuerdos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial).
[5] Cfr G. Giraud – F. Koerreales – C. Poggi, «Les inégalités dans le monde: où en est-on?», en Études 165 (2019/1).
[6] Cfr B. Milanović, Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization, Cambridge, Harvard University Press, 2016.
[7] Todavía hoy la mejor base de datos sobre desigualdad es la que elabora el World Income Inequality Database (Wiid, Danimarca): cfr www.wider.unu.edu/project/wiid-world-income-inequality-database/. Véase también J. Choi et Al., «A Comparison of Major World Inequality Data Sets: LIS, OECD, EU-SILC, WDI and EHII», en L. Cappellari – S. Polachek – K. Tatsiramos (edd.), Income Inequality Around the World, Bradford, Emerald Group Publishing Limited, 2016, 1-48.
[8] Cfr M. Jerven, Poor Numbers: How We Are Misled by African Development Statistics and What to Do about It, New York, Cornell University Press, 2013.
[9] Cfr International Monetary Fund, «Causes and Consequences of Income Inequality: A Global Perspective», 1 de junio de 2015, en www.imf.org/sdnsdn1513
[10] Cfr G. Giraud, Transizione ecologica. La finanza a servizio della nuova frontiera, Verona, Emi, 2015.
[11] Cfr Congregación para la Doctrina de la fe – Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral, Œconomicae et pecuniariae quaestiones. Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero, 6 de enero de 2018, en https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20180106_oeconomicae-et-pecuniariae_sp.html
[12] La gentrificación es la transformación de los barrios populares en zonas residenciales de valor.
[13] Cfr P. Romer, «The Trouble With Macroeconomics», en https://paul-romer.net/the-trouble-with-macro
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