En medio de la pandemia, en medio de esta dura cuarentena, nos toca despedir al querido Josepe. Duele, pero resulta coherente: Josepe no se dejaba encerrar. Era un hombre profundamente libre. No se aferraba a nada y a nadie. No lo necesitaba. Solo tuvo un Señor... y con eso le bastaba. Se animaba a ir a cualquier lado. Y así vivió más de 40 años en la India, 10 en Roma y más de 15 en Argentina. Y lo hizo con gusto. “Nunca ‘me han mandado’ a ningún sitio. Sencillamente me decían ‘¿qué te parece irte a Gujerat, o a Roma, o a Argentina?’ y ahí me apuntaba yo, como un viajero incansable”. Si me contaran eso de alguien, sospecharía que se trata de un bohemio solitario, algo inquieto y extravagante, incapaz de comprometerse con nadie o de sentirse en casa en ningún sitio. Pero Josepe era justamente lo contrario: un hombre entrañable, que sabía estar, sentirse a gusto, sin prisa por marchar. Irradiaba una afabilidad luminosa. Un don de gente que transmitía lo muy a gusto que estaba contigo, lo mucho que disfrutaba de tu compañía y amistad. Creo que ahí residía esa rara mezcla de afecto, libertad, serenidad y osadía que irradiaba Josepe: lograba sentirse a gusto allí donde estuviera, a gusto con la vida, cómodo en su pellejo, contento con su vocación,… y siempre muy a gusto con los amigos que encontraba en el camino.
También por su familia sentía un afecto enorme. Parecía que la llevaba consigo allí donde estuviera. Conocimos mucho de sus padres, hermanos y sobrinos por sus recuerdos siempre llenos de color y afecto. Siempre agradecía lo mucho que su familia lo acompañaba, quería y valoraba. Es que de los afectos, Josepe gozaba como nadie. Y con ese gozo transmitía lo valioso que eras para él. Josepe no necesitaba hablar de sus logros, sus cargos institucionales y misiones (¡y los tuvo muchos!). Despachaba el asunto diciendo que “todo eso” lo había hecho “medianamente mal”. No le interesaba recordar los puestos ejercidos. Una rara virtud: le interesaba más señalar lo bueno de sus amigos, de su familia, lo mucho que valían.
Con esa capacidad de estar a gusto, de acomodar el cuerpo y el alma a todo, Josepe contagiaba una paz que ayudó a muchos: ayudaba a no dramatizar, a aceptar la realidad como es, sin asustarse; a descubrir posibilidades nuevas, a no dar coces contra el aguijón, a descubrirte fuerte y capaz de encajar las circunstancias de la vida y vivirla con gusto. Los estudiantes jesuitas siempre lo recuerdan canturreando por los pasillos. Imitaban sus tarareostan alegres como indescifrables. También a ellos les enseñó mucho. “No pretendas siempre rezar como se debe. Reza como puedas”, les decía. Esa libertad de espíritu transmitía Josepe.
Se le hizo duro cuando le tocó poner rumbo a la enfermería. Le costó… pero también eso lo encajó bien, rápido y con garbo, como hacía siempre. Al poco tiempo ya me decía: “Me estoy fumando la colilla del cigarro de la vida. ¡Pero qué bien sabe!”
Al cumplir setenta años de Compañía dijo algo que lo pinta de cuerpo entero: “¿qué recuerdos me invaden? Muchos rostros y nombres, muchos momentos de alegría y de dolor entrañablemente compartidos con cariño y amistad”.
Fue entonces que nos dejó esta oración tan suya y tan maravillosa:
“Gracias por una formación tan enriquecedora y por mis 42 años en la India que ensancharon mis horizontes culturales, religiosos; y sí, ensancharon también mi corazón. Gracias por diez años en Roma, en trabajos que me dieron la oportunidad de conocer la Compañía universal, tan limitada y tan maravillosa. Y gracias por la oportunidad de venir a Argentina de donde no quisiera marcharme más que para ir al cielo…. pero sin prisas. Gracias, Señor, por lo que estos setenta años han sido. Y a lo que será SÍ.”
Y concluía satisfecho: “¡Sí, esto es lo que yo buscaba!”.
Gonzalo Zarazaga, SJ.
Granada, 18 de abril de 2020.-