Compartimos un artículo de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe (CPAL), escrito por Juan Pablo Orozco Salazar, S.J.

 

La selva Lacandona, situada en el sureste mexicano y en colindancia con Guatemala, es conocida por su belleza y riqueza tanto cultural como medioambiental. En ella existen ríos y lagunas de distintos colores que van desde el azul índigo al verde esmeralda. Nadie cuestionaría la riqueza hídrica de la región, sin embargo, durante el 2019, debido al déficit de precipitaciones se registraron altos niveles de sequía; cinco municipios del estado de Chiapas fueron declarados por la Comisión Nacional del Agua en sequía extrema, entre ellos Ocosingo, y 12 municipios más en sequía severa. Una de las lagunas de Metzabok, se secó por completo.

Debido a esta problemática en el equipo pastoral de la Misión Santísima Trinidad impulsamos una reflexión que llevara a la toma de conciencia y a acciones concretas en pro del cuidado de la Casa Común. Primero, en el Encuentro de la Madre Tierra, que realizamos cada año, las comunidades acordaron que durante 13 jueves harían oraciones en sus manantiales y ojos de agua, algunos de ellos ya secos.

También hicimos la “Antorcha del Pueblo”, como cada diciembre, pero este año le llamamos “Antorcha Ecológica”. La idea de esta antorcha es que quienes no pueden salir a correr como todos los antorchistas guadalupanos, puedan peregrinar por el territorio de la Misión, durante 4 o 5 días. De esta forma fomentamos la identidad y unión de los tres pueblos que conforman la Misión: tseltales, ch’oles y zoques. Además, cada año le damos una intencionalidad a esta antorcha; el año pasado, por ejemplo, llamamos a la antorcha “Antorcha migrante”, donde caminamos la ruta que recorren los migrantes centroamericanos desde el río Usumacinta rumbo a Palenque.

Este año, pues, realizamos la antorcha ecológica pasando por comunidades donde su manantial se secó. Sembramos conciencia de que si no plantamos árboles, y si seguimos contaminando los arroyos, ríos y lagunas, la situación empeorará. Pasamos diciendo que la situación es reversible si nos atrevemos a hacer algo.

La Palabra de Dios ocupa un lugar central en los pueblos indígenas de Chiapas. Por esta razón, tomamos dos citas bíblicas que nos ayudaran a sembrar consciencia y que el mensaje fuera más fecundo. Primero reflexionamos la lectura de Isaías 41, 17-20. A través de preguntas y diálogo con la comunidad, vimos que Dios no es indiferente ante el sufrimiento de su pueblo, y que frente a la sequía él mismo promete convertir el desierto en un bosque plantando una gran variedad de árboles que harán brotar el agua. Reflexionamos que Dios nos invita a hacer lo mismo que él hizo: plantar árboles para que el agua vuelva a surgir en los manantiales. La segunda lectura que nos iluminó fue la de Judith 7, 4-15. Aquí confirmamos que una estrategia de los poderosos para dominar es el despojo y la ocupación de los territorios indígenas para saquear las riquezas naturales que ahí se encuentran: agua, maderas, petróleo, litio… por mencionar algunos recursos naturales. Vimos que mientras la comunidad esté unida, será más difícil que sean despojados, y para esto es necesario tener acuerdos comunitarios.

Las comunidades por donde pasamos quedaron agradecidas. Verdaderamente fue un tema sensible, casi todas y todos participaron en la reflexión. En el mundo indígena he visto que cuando un punto es interesante y les importa, todos hablan a la vez. Aparentemente es un desorden, pero significa que la palabra está viva y caminando entre los corazones, se habla de manera cíclica y no unidireccional. Va recogiendo el sentir de todas y todos. Y por el contrario, cuando un tema no es de interés, sólo habla una persona, o peor, da sueño…

“Nadie nunca nos había dicho esto jTatic, pensábamos que la selva nunca se iba a acabar”, dijo un adulto mayor, mientras reflexionábamos en el manantial seco del Ejido El Limonar. Antes, hace muchos años, ese ojo de agua era el nacimiento de un arroyo bonito y lleno de vida donde vivían cangrejos, camarones de río, caracoles y peces, todo un ecosistema. Además la comunidad se podía bañar ahí y lavar sus ropas. Hoy está totalmente seco. En realidad la selva ha sido talada desde hace ya mucho tiempo. Desde 1822, año en que la provincia colonial de “Las Chiapas” se independizó de España, la Selva Lacandona fue descubierta como reserva forestal por madereros tabasqueño, que se llevaron este oro verde a Europa, principalmente a Inglaterra.

Prácticamente todos los integrantes de la antorcha ecológica eran jóvenes. La tarde anterior a que comenzáramos la peregrinación, hicimos tres grupos al azar y se les pidió que se prepararan porque serían ellos quienes dirigirían las reflexiones en las comunidades por donde pasáramos. Esto fue un fruto muy importante de la antorcha ecológica: que jóvenes indígenas con menos experiencia aprendieron de sus hermanos con mayor experiencia a romper el miedo de hablar frente al público, y más aún, a hacer preguntas y dirigir una pequeña reflexión comunitaria. Fueron aprendiendo en el camino, no sin dificultades, miedos y vergüenza, a tomar el micrófono y dirigir la reflexión preguntando y motivando a la comunidad.

Cada noche, en la comunidad donde nos tocaba dormir, recogíamos el día: primero en silencio repasábamos e íbamos descubriendo el paso de Dios en las distintas actividades que habíamos hecho; desde caminar en silencio bajo el sol, ir platicando con los demás, ir gritando consignas, etc. Después abríamos un espacio para poder compartir lo que Dios nos iba regalando. Este recoger por las noches en actitud de contemplativos en la acción fue algo novedoso para los jóvenes. La noche del último día evaluaban que este recoger y compartir era de las cosas que más les había gustado. Nos hicimos amigos y familia en el camino.

Me parece que esta actividad realizada toca un poco de todas las Preferencias Apostólicas Universales: espiritualidad (sí ignaciana, pero no sólo, sino también la de los pueblos originarios que hay que comprender y fomentar); caminar con los empobrecidos, descartados, y vulnerados; acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro mejor; y colaborar en el cuidado y defensa de la Casa Común.

También, esta actividad me dejó muchos aprendizajes y más preguntas que respuestas (sirva esto para la reflexión en nuestros equipos y comunidades); sobre todo en relación a lo que yo veo como cierta delegación de nuestra responsabilidad en un poder externo y que a la vez nos exonera, consciente o inconscientemente, de nuestras responsabilidades. Me explico:

Prácticamente en todas las comunidades por donde pasamos, a pesar de que se veía necesario el sembrar árboles y no contaminar más, la reacción primera de los hermanos frente a la problemática de la sequía extrema, era que había que hacer ayuno, oración y darle su regalo a la madre tierra para que vuelva la lluvia, y así, los ríos y manantiales vuelvan a su nivel habitual. Me llama la atención que sólo hasta después, y a veces con la intervención de nosotros, era que se veía necesario el sembrar árboles.

Me pregunto por qué “de entrada” la reacción de las comunidades es hacer oración, etc., y no sembrar árboles.

Veo que hay dos visiones, que no necesariamente se contraponen, pero sí se encuentran en tensión: una que es delegarle todo a Dios, al espíritu cuidador de la tierra, a una “alteridad” superior donde le encargamos que solucione nuestro problema. Y del otro lado, pensar que todo está en nuestras manos y que debemos hacernos cargo del problema sin confiarle a Dios su tarea de creador.

¿Cómo generar un diálogo que respete la cultura, que no sea invasiva y sobre todo que no repita patrones paternalistas donde se mira a los pueblos como infantes y por lo tanto hay que decirles qué hacer? ¿Cómo dialogar con los pueblos y reflexionar juntos que por más incienso que quemen, si no siembran árboles, la lluvia no vendrá?

Ciertamente los indígenas me siguen evangelizando; aprendo de la esperanza y gran fe que tienen: le ponen su vida y su corazón al Dios comunitario. También terminé agradecido porque veo que tenemos que seguir conspirando y trabajando por una ecología integral, siendo cocreadores con el Dios de la vida, así como nos dice San Ignacio de Loyola, sabiendo que hay que trabajar como si todo dependiera de nosotros, pero confiando como si todo dependiera de Dios.

 

Juan Pablo Orozco Salazar, SJ.