Estamos en la 2ª semana de Adviento y la Liturgia nos propone un pasaje de Lucas (3, 1-6) en el que nos invita directa y expresamente a hacer un espacio en nuestro tiempo, en nuestros ritmos, en nuestros estilos y formas de actuar, porque Dios se acerca ya a nuestras vidas.

El Evangelio de esta semana ubica la acción de Dios en medio de una realidad dominada por 7 poderosos de lo político y lo religioso que han construido un contexto terrible: Tiberio simboliza el poder que aplasta personas, Poncio Pilato, la humillación de la gente, Herodes, aunque lleva nombre de descendiente de héroes, representa la mentira y falsedad, Filipo el constructor que desangra y embrutece a los pobres, Lisanio, la ausencia y penumbra, Anás, el nepotismo y Caifás la adulación que hace el juego al poder perverso (Cf. Rovira Belloso).

Todos estos hombres han tenido en sus manos las posibilidades de hacer cosas buenas y grandes en beneficio del pueblo, porque se han dedicado a cansar a la gente, a explotarla, incluso a burlarla. No prepararon ningún camino. Su gestión ahogó la vida digna. Queda, pues, muy lejos de estos poderos la gracia y bendición de Dios.

En medio de este contexto de miedo, ruina, desafueros y maldad, aparece la Palabra de Dios con su luz para invitar y animar a hacer caminos nuevos, caminos de salvación. Por eso, en contraposición a lo que produce tanto dolor y miseria, aparece Juan Bautista en el desierto con su figura simple y sencilla para abrir paso a la novedad de Dios, al adviento, es decir, a un futuro inmediato mejor.

Donde se derrumba la esperanza y la vida parece perderse, aparece justamente el desierto como lugar de la escucha de la Palabra de Dios. El desierto físico y hasta el sicológico y el espiritual nos hace volver a la vida y a Dios. Es lugar de llamada para cambiar los órdenes perversos que se han instaurado, porque nos coloca frente con lo más auténtico de nosotros mismos y nos dispone a mirar con nuevos ojos la realidad y a obrar en consecuencia.

A partir del desierto, Juan Bautista no cesa de invitar a que preparemos el camino al Señor, para que recibamos la salvación que se aproxima. Pero hace falta cambiar. Hace falta enderezar todo aquello que desvía la ruta, transformando los escollos donde se hace caer a las personas y así lograr que todos puedan caminar sin tropiezos, sin zancadillas ni estorbos que arruinen el esfuerzo humano por salir adelante, especialmente el esfuerzo del pequeño, del frágil, del pobre.

Según el evangelista Lucas, la salvación de Dios pasa por la conversión personal y colectiva. Se necesita cambiar en lo más íntimo de cada quien y que tal cambio se traduzca en compromiso por el bienestar de los demás. Desvirtuaríamos el Evangelio si preparamos la venida del Señor solamente dentro de nosotros sin contribuir a que muchas personas vivan con dignidad, alegría y esperanza.

Que nos atrevamos a mirar la vida con ojos nuevos, a amar con corazón de carne y no de piedra, a pensar y razonar con una mente abierta que abandona ídolos. Y que nuestra conversión nos coloque de cara al horizonte de vida, dignidad y justicia que señala Dios.

Por: P. Gustavo Albarrán S.J.

Lo que el Desierto Aguarda

El desierto es hermoso. Quien lo habita lleva sus reverberos en el alma. Más, para comprenderlo, no hay que darle tan sólo una mirada: hay que impregnar el cuerpo y el espíritu de su quietud en soledades áridas.

Para enraizar aquí, junto a la arena de lo que fuera río, tendrá que ser el hombre como planta, que al reto del ambiente se endurece horadando la tierra, en busca de lugares más profundos donde se esconde el agua.

Acostumbrar la piel a que reciba la caricia del sol en llamaradas, oír la voz del campo, el polvo, el aire, aquí, donde hasta una pequeña flor atrapa al corazón con su sencillo color, para darle aquella fuerza que despierta la esperanza.

(Cf. Adela Ayala)