Comenzamos el Adviento. La palabra Adviento significa venida, llegada, por eso es un tiempo dedicado a la preparación humana y espiritual para ponernos en sintonía con la vida, con las personas y con Dios.

El evangelio de Lucas (21, 25-28.34-36) que meditamos esta semana es muy parecido al que leímos en Marcos (13, 24-32) hace dos semanas. Ambos evangelios son relatos apocalípticos que manifiestan la acción de Dios a través de símbolos que expresan la esperanza y la liberación.

En Marcos nos invitaron a interpretar las señales del universo, su estremecimiento, que anticipa la venida del Hijo del Hombre, para que descubriéramos el sentido más profundo de la esperanza. Mientras que en esta primera semana de adviento, Lucas nos invita a descubrir en estos acontecimientos la proximidad de nuestra liberación.

La liberación que nos anuncia Jesús pasa por una doble actitud: una, estar alerta o en vela para que nada ni nadie entorpezcan nuestra mente ni nos agarren desprevenidos, y otra, orar continuamente para que nos apartemos de todo lo que masacra, hiere, corrompe y destruye. Esta doble actitud nos coloca de forma correcta ante la Vida y ante Dios.

El Señor vendrá. Dios tiene un tiempo para intervenir en la vida de las personas y en la historia humana, manifestando su novedad. Pero estamos acostumbrados a considerar de la misma manera el TIEMPO. Hay un tiempo que es KRONOS y otro que es KAIROS. No es lo mismo hablar de las 6 am de un domingo cualquiera, que las 6 am de aquel domingo que nació un hijo, o llegó un hermano de viaje, o comenzó a cambiar la trágica situación que nos humilla y agobia, porque ya no estamos hablando de la rutina del tiempo sino de su importancia, su significatividad y su trascendencia.

Estar alerta o en vela implica el conocimiento de uno mismo, de la propia historia, atender el tipo de relaciones que establecemos y, al mismo tiempo, cuidar la marcha de las personas y del mundo. Quien vela, cultiva la paciencia, sabe esperar y aguardar. Las cosas más bellas que nos aguardan suponen una fuerte dosis de paciencia. Santa Teresa dirá que “no hay amor fino sin la paciencia”. Vigilancia y preparación son las dos actitudes con las que comienza este Adviento. Una vigilancia-preparación que nada tiene que ver con asegurar o calcular la vida, sino con salir de nosotros mismos, del ensueño, de la conformidad y lanzarnos al cambio.

Orar continuamente nos convierte en amigos entrañables de Dios, de la gente y de la vida. Quien ora, tiene siempre a Dios en su boca y en sus entrañas. Ignacio de Loyola invitará a ejercitar la sintonía con Dios repitiendo a diario la siguiente oración: “Señor, que todas mis intenciones, acciones y procesos interiores estén totalmente ordenados a cumplir tu santísima voluntad” (EE 46).

Los acontecimientos de nuestra existencia personal y los del mundo en que vivimos, los que realmente despiertan nuestra espera, son a la vez sencillos y contundentes. Por eso mismo requieren de una actitud personal y colectiva bien dispuesta que nos ponga a tono con la vida y la dignidad para cuidarlas, hacerlas crecer y multiplicar.

Las señales prodigiosas en el sol, la luna, las estrellas y en el mar, que despertarán la gran espera en las personas, son presentadas por Jesús como signos de que ya llega nuestra liberación. Con ello nos invita a acoger la novedad de Dios y a mantener viva la esperanza en que la realidad va a cambiar y mucho más pronto de lo que nosotros esperamos. Conocemos nuestros límites y capacidades, nuestras fortalezas y debilidades. No podemos seguir aparentando ni pasivos, sino hacer que lo mejor de nosotros mismos, que es nuestra verdad y nuestro amor, se manifiesten, actúen y apuntalen ya y totalmente hacia el cambio.

Por: P. Gustavo Albarrán S.J.

 

 

Sólo Dios Basta

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta.

Eleva tu pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo? es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa. Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.

Váyanse bienes del mundo; váyanse dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.

(Santa Teresa)