
Esta semana comienza la segunda parte del Tiempo Litúrgico llamado Ordinario (o Común). Es un tiempo que está destinado a profundizar la vida y la fe de quienes desean convertirse en amigos de Dios.
Las dos parábolas de Marcos (4, 26-34) nos invitan a reflexionar sobre dos aspectos sencillos pero muy decisivos para nuestra vida de fe: uno, que en el curso de la vida también hay un nivel de intervención que sólo es de Dios (la semilla que crece por sí sola); y otro, que la fecundidad de la vida surge a partir de cosas muy pequeñas (el grano de mostaza).
Que Jesús nos diga que la semilla sembrada nace sin que el sembrador (nosotros) sepa cómo sucede, está advirtiéndonos que así como hay un nivel de intervención nuestra para que las cosas se den, también hay otro nivel en el que solamente interviene Dios. Y no es que nada tengamos que hacer o por eso debamos entonces desentendernos del curso de la vida, sino que allá, en lo profundo del corazón de las personas y del mundo, donde está sembrada la semilla que da auténtica vida, solamente actúa Dios porque es quien la sabe cuidar de verdad para hacerla fructificar a su tiempo.
En su sencillez, esta parábola de la semilla que crece sin que nadie sepa cómo, nos invita a estar muy atentos a lo que Dios hace en la vida de las personas, en las situaciones de cada día y en el curso del mundo, para que así comencemos a caminar hacia una fe que sabe de amores porque se fía de Dios, que sabe de esperas porque en Él no queda defraudado y que sabe de apuestas porque con Él todo lo puede.
Que Jesús diga que la semilla más pequeña puede convertirse en un árbol grande que cobija la vida, nos hace caer en cuanta que la auténtica grandeza humana y la verdadera fortaleza de las cosas surgen de aquella sencillez y simplicidad que provienen de Dios, por eso casi siempre pasan desapercibidas o no les damos la importancia debida. Y no es que debamos descuidar el valor que tienen las cosas grandes, brillantes, sobresalientes y atractivas, sino que allá, donde surge la auténtica vida que fecunda el mundo y hace que cobre sentido la existencia, siempre descubrimos la pequeña chispa germinal de un Dios que a nada ni a nadie niega su gracia.
De forma directa, estas dos parábolas nos invitan a estar muy atentos al don que Dios ha dado a cada persona, al don que ha puesto en las realidades de este mundo y al don que Él hace surgir a cada instante, para que nos dispongamos a una fe que sabe de fecundidad porque trabaja con las mismas manos de Dios, que sabe dar porque de Él aprendió la generosidad, y que sabe de esperanzas porque se ha curtido en el corazón misericordioso del Señor.
Que nos atrevamos a dejar actuar a Dios en nuestras vidas y en la vida de las demás personas, para que su chispa, su gracia y su don, vuelvan fecunda nuestras casas, nuestras cosas, los caminos y senderos, en cada momento de la existencia.
Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

Darlo Todo
El hombre que estaba tras el mostrador, miraba la calle distraídamente. Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul. “Es para mi hermana” ¿Puede hacer un paquete bien bonito?”, -dice ella-.
El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó: “¿Cuánto dinero tienes?” Sin dudar, ella sacó de su bolsillo un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz: “¿Esto alcanza?” Eran apenas algunas monedas que ella exhibía orgullosa. "Sabe, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella misma. Hoy es su cumpleaños y este regalo la hará muy feliz porque el collar tiene el mismo color de sus ojos".
El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. Y dijo a la niña: “Toma. Llévalo con cuidado”. Ella salió feliz corriendo y saltando calle abajo.
Aún no había terminado el día, cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho y preguntó: “¿Este collar fue comprado aquí?” - "Sí señorita" - respondió el dueño de la tienda - “¿Y cuánto costo?” "¡Ah!”, - exclamó el hombre -. “El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente”. La joven continuó: “¡Pero mi hermana tenía sólo algunas monedas! Este collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo”.
El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven diciéndole: “Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar. ¡ELLA DIO TODO LO QUE TENIA!” El silencio llenó la pequeña tienda y cuatro lágrimas rodaron por las caras emocionadas de la joven y del dueño de la tienda, en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio.
(Autor Desconocido)