Esta semana la dedicamos al Corpus Christi, es decir, al Cuerpo y Sangre de Cristo, con la finalidad de proclamar y aumentar nuestra fe en el Señor Jesús, que está presente en la Eucaristía.

La festividad del Corpus Christi fue instituida el 8 de septiembre de 1264 por el Papa Urbano IV. Tradicionalmente se celebra el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad. Pero la Iglesia la traslada al domingo después de la Santísima Trinidad para que muchos cristianos tengan la ocasión de participar de esta celebración dedicada al Cuerpo y Sangre del Señor.

Corpus Christi nos convoca a convertirnos en alimento vivificante para el mundo. Porque nutrirnos del pan de vida que es su Cuerpo y de la bebida de salvación que es su Sangre, es integrar a Jesús en nuestra vida para que vivamos conforme a su Humanidad de hijo, de hermano y de salvación.

Para esta semana del Corpus Christi, el Evangelio de Marcos (14,12-16.22-26) nos revela que el Cuerpo sagrado de Jesús se manifiesta cercano frente a toda distancia, grato frente a toda ingratitud, exigente frente a toda ambigüedad, alegre frente a toda tristeza, y a la vez pequeño y frágil frente a toda grandeza; y que su Sangre sagrada se manifiesta dulce ante toda amargura, amable ante todo rechazo, consistente ante toda debilidad, accesible ante toda cerrazón, y a la vez simple y sencilla ante toda prepotencia.

Así como el Señor envió a sus discípulos a buscar un lugar para comer la Pascua, también hoy nos sigue enviando a buscar lugares para sentarse Él a la mesa y realizar de nuevo la alianza sagrada con la vida. Nos envía a preparar mesas de fraternidad, mesas donde quepan todos sin exclusión.

El Señor no quiso ayer ni quiere hoy negarse a nadie. Su cuerpo y su sangre son auténtica comida para todo el que tenga hambre y sed de Dios, y para el que quiera convertirse en alimento saludable para los demás. Él quiere que su Cuerpo y su Sangre alcancen a toda la tierra. Nada ha quedado fuera de su influjo y de su amor.

Con más urgencia que ayer, necesitamos hoy del Pan y Sangre del Señor que nos hacen inmortales más allá de toda mortalidad, saludables más allá de toda dolencia, alegres más allá de toda tristeza. Necesitamos al Señor que es Carne y Sangre para sumergirnos en el corazón del mundo.

La alianza que sella el Cuerpo y la Sangre del Señor es una auténtica liberación que pone al hombre y a la mujer de cara al mundo para que sin miedos y sin reparos, hagan que cada encuentro, reunión, hogar y cada grupo, se conviertan en auténticas mesas de salvación.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

 

Comida Que Produce Vida

Señor, hace ya bastante tiempo que nos has enseñado a distinguir la diversidad de cosas que nos alimentan, que nos nutren, que mantienen en pie nuestras existencias.

En medio de tantos beneficios, te has dado como comida divina, no sólo para alimentar nuestro cuerpo, racionalidad y nuestro afecto, sino para que nos convirtamos en alimento que vivifica al mundo.

Cada vez y con más fuerza, necesitamos del pan que nos hace alegres, hermanos, cercanos, solidarios. Te necesitamos a Ti que eres Carne y Sangre para vivir sumergidos en el corazón del mundo.

Nos has revelado que comemos tu Carne y bebemos tu Sangre, cuando surge en nosotros la energía vital que lo inunda todo, despertando el deseo de poner en común lo que somos y tenemos, y logrando que unos y otros nos llevemos mutuamente en el afecto y la fe.

(GA.)